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miércoles, 23 de octubre de 2013

Respeto a las decisiones judiciales, pero hasta que me toca a mí


Hay frases que ya forman parte de las pelmadas diarias, una de ellas es:

“Respeto absoluto a las decisiones judiciales, como no podría ser de otra manera”

La hemos oído de boca de políticos de todo el espectro electromagnético, de presidentes de clubs de fútbol, de folklóricas, de deportistas dopados, de deportistas sin dopar, y… de sindicalistas

Lo malo es cuando la citación judicial nos llega a casa. O peor, cuando un guardia civil o un policía nacional nos toca el timbre, nos pone las manillas y nos mete a la tocinera y nos conduce al juzgado de guardia. Entonces ya las decisiones judiciales nos parecen arbitrarias, inconstitucionales, partidistas, sesgadas y que superan todas las barreras habidas y por haber de los derechos constitucionales y humanos.

Creo que el espectáculo que se dio el otro día en los Juzgados de Sevilla fue apoteósico desde varios puntos de vista. Hala que voy

Primero, pillan cagando y sin papel a una serie de altos dirigentes sindicales que, presuntamente, han metido mano en lo de todos. Digo presuntamente porque todavía la causa está en fase de instrucción y no sea que me la líen.

Estos dirigentes, presuntamente, se pegaban la vida padre y madre a cuenta de un dinero que tenía que servir presuntamente para fomentar el empleo. O sea, han chorizado, presuntamente, la pasta que iba destina a quien más lo necesita en España y la han invertido, presuntamente, en comilonas y bebilonas.

Y son las bases sindicales las que se dirigen a las puertas del juzgado a clamar justicia y venganza jerezana contra la persona que instruye el caso. Cuando lo lógico es que hubieran invitado a almorzar a esta juez en agradecimiento por sus desvelos por clarificar las cosas

Segundo, la masa. No me refiero al señor que se pone verde cuando se cabrea. Me refiero a personas que tomadas de una en una son sensatas pero que cuando los pones en el rebaño y tras un par de vermuts nos convertimos en gañanes sin cerebro. Eso había a las puertas del juzgado. Una masa aborregada y sin seso ni criterio.

Tercero, los dirigentes sindicales. Cinco días han tardado Cándido Méndez y Toxo en salir por la tele afeando la conducta de sus afiliados. Cinco. Supongo que estaban muy ocupados luchando contra la crisis y creando empleo. No habrán tenido tiempo, quiero pensar.

Cuarto, los políticos. Tibiamente y por  poco tiempo han criticado lo sucedido.  Ahh, claro, no sea que se cabreen las masas gesticulantes y me critiquen a mí. Y total para dar la cara por una juez que también me está tocando los huevos a mí. Que le den y que se joda.

Quinto, los columnistas. Pocos han sido los que han emitido un editorial criticando lo que hicieron los bravos sindicalistas. Uff, quita, quita, que no hay nada que ganar y si mucho que perder.

Sexto, los insultos. Hubo uno que me sorprendió: FEA. ¿A qué a nadie se le ocurre insultar a un juez diciéndole feo? FEA es insulto cuando se dirige a una mujer. Cuando se dirige a un hombre no. FEA es un insulto machista. Decirle FEA a una mujer es repugnante, porque a un hombre nadie se lo dice. Y recurrir a insultos MACHISTAS unas personas que se titulan sindicalistas, progresistas, de izquierdas y  defensores de la igualdad y de la cuota 50-50 es simplemente una tremenda incongruencia que da idea de su altura y calidad moral. Cuando vi las imágenes tuve que correr al váter a echar la grava. Que cuadrilla de marionetas manejadas y sin conocimiento

A mí particularmente me dan ganas de seguir viviendo aquí porque veo que aun hay gente, jueces, que creen en su trabajo, que velan por la integridad de lo que es de todos y que por un sueldo que no es nada del otro jueves se juegan el pellejo, pierden de su vida privada y se exponen a estar todo el día criticados por hacer bien lo que creen: que la justicia y la equidad llegue a todo el mundo.

Os pongo una foto de las masas aborregadas y otras más, unos grabados de un gran genio, Francisco de Goya. Retrató como nadie la sociedad  española de principios del XIX. Fijaos en las caras, esas bocas que les cabe un pan cruzado y esos rictus de odio. Son los mismos en ambas fotos. No hemos cambiado nada en los últimos doscientos años. Esto sigue siendo el país del pesebre y de la pradera pastueña.





Cuídese juez Alaya. Yo no entro en si es fea o guapa. Me quedo con lo que para mí es usted: una gran profesional y una gran persona.

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